Carta abierta a Pilar Rubio

( por Concepción Parker-Bowles)

Querida Pilar quiero felicitarte de corazón a tí y a tu marido por el nacimiento del nuevo hijo. Da igual cuándo leas esto porque seguro que ya hay otro en camino, y los que tengan que venir. Di que sí, que los niños son la alegría de la casa, sobre todo si tiene varias plantas y contratas un ama de cría, a ver si se te va a estropear ese cuerpazo. Sabemos que has vuelto a ser madre porque lo has publicado a las redes sociales, posando impecable ante las cámaras, como si dar a luz fuera un efecto secundario de la sesión de fotos. Me alegro mazo, como decís los jóvenes cuarentañeros. Pero hay algo que me chirría un poquitín y que ya me extraña viniendo de ti. Podría ponerte a parir ( perdona el juego de palabras) acerca de tu falta de pudor en un momento tan íntimo y personal, reservado solo a los progenitores de a pie. Pero como eso sería ahondar en lo inasible de la naturaleza humana, para que se me entienda, me centraré en lo del aspecto físico. O sea, lo de ser bella y hacerte fotos para que te digan que eres muy bella. En una palabra, Instagram.

A ver, hija ¿Era necesario un posado tan perfecto, tan medido al milímetro? Eres guapa, guapísima, y para nosotras las mujeres de a pie, que te admiramos porque has logrado tus sueños a base de esfuerzo y horas de estudio, siempre nos parecerás un mujerón de bandera aunque salgas con la cara tan  desencajada como nuestra pelvis tras el parto. Si es que saldrías guapa hasta de lejos. Además sales en la tele buceando, cantando, haciendo malabares y hasta recitando pasajes del código de Hammurabi en sumerio. Si haces de todo, y todo bien. ¿Qué necesidad, hija, de dar que hablar?

Ay si me hubieras visto a mí, cuando después de quedarme preñada de mi Ponciano, tuve que parir en la cama de casa, agarrada a las bolas del cabecero y con el colchón perdido de tapón mucoso y sangre. Como para fotos estaba yo. Te digo, que ni epidural ni nada; solo un palo de regaliz entre los dientes y la bruja de mi suegra diciéndome que no tenía arrestos ni para traerle un nieto al mundo. Ni una toallita húmeda me pasó por la cara, la hijadeputa, que de tan mala persona que era que se tuvo que morir el día de la matanza del gorrino. Fíjate si me costó parir que del esfuerzo me salieron canas; de la presión al empujar, como a esos muñecos a los que les crece el pelo de plastilina al apretar una palanca. Y el entrecejo,bueno, qué te voy a contar. No me lo había depilado entonces ni lo hice después, porque a los dos días tuvimos que varear olivos, y las cabras comen todos los días, que los de ciudad no sabéis lo esclavo que es el campo. Para más inri, mi Ponciano tuvo que reposar una semana, porque se pone malísimo en cuanto ve sangre, el pobre. Era muy buena persona, pero muy vago y corto de entendimiento.

Por eso nosotras, las que no vivimos ni de nuestro físico ni a veces de nuestro magro sueldo, Pili, nos sentimos como raras cuando posas inasequible al desaliento, con las cejas depiladísimas y la raya del ojo perfecta . Un poco mofletuda, que ya firmaba yo, pero perfecta. Nosotras, las de a pie de calle (o era), nunca nos haríamos una foto así. Pues porque no hay posibles para tener un fotógrafo en nómina, chica; que por cierto, ese mozo lo mismo te retrata haciendo unos muffins veganos que recién echada la placenta . Lo tengo yo hablado con las del pueblo y nosotras las de a pie de calle,en tu caso no tendríamos el coño para farolillos (nunca mejor dicho) ni para fotos, porque querríamos disfrutar de la intimidad del momento, aunque el padre viniera espontáneamente con la bata verde y cofia en la cabeza, como hace tu marido, que por cierto me recuerda a mi Ponciano, el pobre… Porque ese hijo, aunque fuera el cuarto o el quinto, sólo habría nacido en ese momento, único, familiar y por tanto íntimo. Pero eso no podemos entenderlo nosotras las de a pie de calle. Somos así de hurañas, recluidas en la habitación y exhaustas, con los puntos de sutura tensando a cada latido y recordándonos que no estamos para hostias. Y ojo, sin la posibilidad de volver a la rutina del crossfit, que las cabras comen todos los días.

Igualico que mi Ponciano

Por eso, Pilar, aun obviando la impudicia de enseñar a tu bebé al mundo (que luego querrás que se pixele, claro, a ver si alguien va a reconocer a Máximo Adriano), si te hubieras fotografiado recién parida, con el pelo enmarañado y pegado a la frente, o con una cola de caballo, y  un camisón dado de sí por el cuello y húmedo de calostro -o incluso no te hubieras hecho ninguna foto- habrías ganado puntos entre nosotras, las madres de a pie de calle. Llámalo discreción, madurez,nueva normalidad… Eso sí, habrías logrado menos “likes” entre barbies de talle fino y pechuga improbable, claro, pero más puntos entre las demás.

Y entonces, Pilar, y sólo entonces serías una de las nuestras.

Un beso fuerte: Conchi


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