Sale de su zona de confort y vuelve a entrar porque para eso había estudiado

Ángeles Weissmuller es una registradora de la propiedad que, tras sacarse una oposición durísima, llevaba ejerciendo su oficio desde hacía catorce años. Se ganaba la vida holgadamente y era una triunfadora, pero había algo que le faltaba. ¿Era feliz? Un día asistió a una charla motivacional -patrocinada por tu banca amiga- que la animó a abandonar su trabajo.

En la conferencia, el señor millonario te lo ponía muy bien: que no hay que acomodarse, que hay que salir de la zona de confort, buscar nuevas metas para enriquecerse en el plano emocional. Y al final te vendía unos tupper herméticos”, relata Ángeles con cierta amargura. Convencida e ilusionada, al día siguiente pidió la excedencia y se dedicó a buscar zonas de conflicto que la ayudaran a conocer al amargado que todos llevamos dentro: empezó a levantarse a las cuatro de la mañana, eliminó su cuidado personal, comía únicamente tofu e incluso se compró un Fiat Multipla.

Al cabo de pocos días descubrió que, francamente, su situación no era mejor que cuando tenía trabajo estable, ingresos y una familia que la quería. “Salir de la zona de confort es una puta mierda. Quiero volver a entrar”.

Hoy Ángeles está en paro. Incapaz de recuperar su puesto y con la única compañía de un lote de tupperwares, sobrevive como soldado de fortuna. Si tiene usted algún problema y la encuentra, quizá pueda contratarla.